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El lobo que alimenta su liderazgo: por qué lo que un líder no gestiona en sí mismo termina gestionando a toda la organización

Autocontrol, liderar con el ejemplo

"Ningún equipo gestiona mejor de lo que su líder se gestiona a sí mismo."


Recuerdo una reunión de crisis, hace ya varios años, en la que un director general recibió una mala noticia sobre un proyecto clave y, en cuestión de segundos, pasó de escuchar a acusar.

No dijo nada que no fuera cierto en el fondo, pero el tono con que lo dijo bastó para que el resto de la sala se cerrara como una persiana.

Durante el resto de esa reunión, y durante buena parte de las semanas siguientes, nadie volvió a traer una mala noticia con la misma honestidad que antes.

La información seguía llegando, pero llegaba filtrada, suavizada, a veces directamente retenida hasta que ya no había margen para corregir nada.

Ese director nunca dio una orden de ocultar información.

Simplemente reaccionó, una sola vez, de una manera que el resto de la organización aprendió a evitar a cualquier costo.


Cuento esta historia porque, con los años, aprendí que buena parte de lo que una consultoría diagnostica como problema de comunicación, de cultura o de resistencia al cambio, tiene su origen en un lugar mucho más pequeño y mucho más personal: en cómo gestiona sus propias reacciones la persona que está al frente.


Miramos procesos, estructuras, sistemas de información, y hacemos bien en mirarlos. Pero muchas veces el punto de apalancamiento real está en algo que no aparece en ningún organigrama, que es la capacidad de quien lidera para no dejar que su reacción del momento se convierta en la norma silenciosa de todo un equipo.


Cuando el lobo equivocado dirige la reunión

Hay una vieja historia, contada de mil maneras distintas en distintas tradiciones, sobre un anciano que le explica a su nieto que dentro de cada persona conviven dos fuerzas en permanente tensión.

Una está hecha de temor, resentimiento, arrogancia y la necesidad de tener siempre la razón.

La otra, de paciencia, generosidad, curiosidad genuina y la disposición a escuchar antes de responder.

El nieto, intrigado, pregunta cuál de las dos termina imponiéndose, y el anciano responde con una frase que resulta incómodamente simple: la que uno alimenta.


No hay truco ni técnica sofisticada detrás de esa respuesta.

Hay, apenas, la constatación de que ambas conviven en cualquier persona, todo el tiempo, y que la que se expresa con más frecuencia termina siendo, casi por definición de costumbre, la que gobierna.


Trasladada al liderazgo organizacional, esta idea deja de ser una reflexión filosófica agradable para convertirse en una pregunta operativa incómoda.

Cada vez que un líder reacciona desde el temor o la necesidad de control, no solo está teniendo una mala reacción puntual.

Está, sin proponérselo, enseñándole a su equipo qué comportamiento es seguro y cuál no lo es.

Y los equipos aprenden rápido.

Después de la segunda o tercera vez que traer un problema genera una reacción defensiva, la mayoría de las personas deja de traer problemas.

No porque hayan dejado de existir, sino porque aprendieron que hacerlos visibles tiene un costo personal que prefieren evitar.


El espacio que existe entre lo que pasa y cómo se responde

Se le atribuye a Viktor Frankl la idea de que entre un estímulo y la respuesta que le damos existe un espacio, y que en ese espacio reside buena parte de nuestra libertad como personas.

Da igual si la frase es exactamente suya o si se fue puliendo con el tiempo; la idea resiste cualquier atribución porque describe algo que cualquiera que haya liderado un equipo reconoce enseguida.


Ese espacio, diminuto como puede ser en el calor de una reunión tensa, es exactamente donde se decide qué lobo se alimenta.

Un líder que aprende a reconocer ese instante, y a usarlo, no para reprimir lo que siente sino para elegir con qué reacciona, cambia de manera silenciosa pero profunda la cultura que construye a su alrededor.


No hace falta ningún programa de bienestar corporativo para empezar ahí.

Hace falta, apenas, la disciplina de notar el espacio antes de que se cierre.


Compasión como estrategia, no como debilidad del liderazgo

En una organización que atraviesa un proceso de cambio, la compasión suele confundirse con blandura, como si comprender lo que otro está atravesando fuera incompatible con exigir resultados.

El Dalai Lama ha insistido, en distintos escritos, en que la compasión es lo que genera la confianza necesaria para que las personas se animen a mostrar sus dudas y sus incertidumbres, en lugar de esconderlas.


Esa idea, lejos de ser un gesto ingenuo, tiene una aplicación muy concreta en cualquier proceso de transformación organizacional.

Los equipos que confían en que mostrar una debilidad no será usado en su contra son, sistemáticamente, los que detectan antes los problemas, corrigen antes el rumbo y sostienen el cambio con menos desgaste.


La compasión, entendida así, no es lo opuesto a la exigencia.

Es la condición que hace posible que la exigencia se sostenga en el tiempo sin romper la confianza que la vuelve efectiva.


Preguntas para revisar antes de la próxima reunión difícil

Vale la pena que cualquier líder, antes de entrar a la próxima conversación incómoda, se detenga a responder algunas preguntas honestas.

  • ¿Cuál de los dos lobos alimenté con más frecuencia en las últimas semanas, dentro de mi propio equipo?

  • ¿Hay algún tipo de mala noticia que mi gente ya aprendió a suavizarme antes de dármela, porque en algún momento reaccioné mal?

  • ¿Reconozco el espacio entre lo que me pasa y cómo respondo, o suelo reaccionar antes de darme cuenta de que tenía una elección?

  • ¿Mi equipo asocia mostrar una duda o una debilidad con perder credibilidad frente a mí, o con encontrar ayuda genuina?

  • Y, quizás la pregunta más incómoda de todas: si mañana alguien de mi equipo detectara un error grave, ¿me lo diría de inmediato, o buscaría primero la manera de resolverlo solo antes de que yo me entere?


El verdadero trabajo empieza antes de la reunión

Con los años, dejé de creer que los procesos de cambio fracasan principalmente por resistencia de la gente.

Fracasan, con mucha más frecuencia, porque nadie se detuvo a mirar qué lobo estaba alimentando quien lideraba el proceso.


Las estructuras se pueden rediseñar, los procesos se pueden simplificar, la tecnología se puede actualizar, pero nada de eso sostiene un cambio si la persona al frente sigue enseñándole a su equipo, reacción tras reacción, que lo seguro es callar.


El autogobierno de un líder no es un lujo introspectivo reservado para el desarrollo personal.

Es, muchas veces, el punto de apalancamiento más subestimado de cualquier transformación organizacional, precisamente porque es el más difícil de ver desde afuera y el más incómodo de admitir desde adentro.


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