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Cuando algo no sale como se esperaba, algo quiere decirnos

autoevaluación, problemas, aceptar la realidad

Recuerdo una reunión, hace años, con un comité directivo convencido de que el problema de su organización eran “los otros”: el mercado, la gente joven, la cultura, el contexto, Mercurio retrógrado.

Yo escuchaba, tomaba notas y asentía.

Al salir, uno de los directores me dijo con alivio: “Por fin alguien que entiende que acá el problema no somos nosotros”.

Ahí entendí que el verdadero problema no era estratégico ni operativo, sino que era mucho más íntimo: nadie estaba dispuesto a mirarse al espejo.


En mi vida profesional me he encontrado muchas veces con situaciones insatisfactorias.

Proyectos que no dieron el resultado esperado, conversaciones que dejaron un sabor amargo, decisiones técnicamente correctas pero éticamente incómodas.

Y durante bastante tiempo hice lo que hacemos casi todos: buscar afuera la causa, el responsable, la explicación tranquilizadora.

Y esto quizás funciona para dormir mejor una noche, pero no funciona para mejorar.


La tentación de exigirle al mundo que cambie

Cuando algo no sale bien, el reflejo inmediato suele ser exigir ajustes externos: que el cliente entienda, que el equipo madure, que la organización se ordene, que el contexto acompañe.

Lo he hecho, y más veces de las que me gusta aceptar.


La experiencia, más algunas cicatrices, me enseñaron algo incómodo: ese camino no te lleva a ningún lado, al menos no si lo que se busca es aprender y crecer.


El único terreno sobre el que realmente se puede intervenir es el propio y todo lo demás es ruido.


Como decía Peter Drucker,

Lo más importante en la comunicación es escuchar lo que no se dice”.

Yo agregaría: y escuchar lo que uno evita decirse.


El autoanálisis como acto profesional, no terapéutico

Hablar de autoanálisis en el ámbito laboral suele generar resistencia porque suena blando, introspectivo, y poco ejecutivo.


Sin embargo, en mi recorrido como director y consultor, comprobé que las organizaciones más sólidas están formadas por personas que se hacen preguntas incómodas.

No hablo de autoflagelación ni de culpa, sino que hablo de responsabilidad.

Cada vez que algo me resulta insatisfactorio, intento, aunque no siempre con éxito, cambiar la pregunta.

Pasar del “¿por qué pasó esto?” al “¿cómo estoy contribuyendo a que esto pase?”.


La diferencia parece sutil, pero no lo es.


Mirar la insatisfacción como materia prima

Con el tiempo empecé a ver la insatisfacción como un insumo, no como un enemigo, sino como materia prima para trabajar.


Cuando un resultado no llega, cuando una relación profesional se tensa, cuando una decisión deja ruido interno, siempre aparece una oportunidad concreta de aprendizaje. Siempre.

Eso sí: la oportunidad no se activa sola, requiere actitud.

Asumir la situación como desafío implica dejar de reaccionar y empezar a procesar, implica cambiar el “esto no debería haber pasado” por “bien, ya pasó, ¿qué hago con esto?”.


Comprometerse con un aprendizaje explícito cuando algo no sale

Una práctica que incorporé con los años es obligarme a formular un objetivo de aprendizaje claro frente a cada situación insatisfactoria, no algo grandilocuente, sino algo bien concreto.

¿Qué quiero aprender gracias a esto?


A veces la respuesta tiene que ver con comunicación, otras, con timing y otras, con ego. Sí, ego, ese gran saboteador silencioso de la vida profesional.


Sin un aprendizaje declarado, la insatisfacción se diluye pero con él, se transforma.


Las preguntas que incomodan, pero sirven

El verdadero trabajo empieza cuando uno se anima a formular ciertas preguntas sin maquillaje:

  • ¿Cómo estoy contribuyendo a esta situación con lo que hago?

  • ¿Cómo contribuyo con lo que no hago?

  • ¿Desde qué emoción actué?

  • ¿Elegí bien el momento y el contexto?

  • ¿Mi intención fue clara o asumí que el otro la entendería?

  • ¿La forma fue coherente con el fondo?

  • ¿La actitud fue constructiva o defensiva?


No son preguntas para responder rápido, son preguntas para rumiar tranquilos.


Hacer algo distinto, aunque incomode

El autoanálisis no sirve si no desemboca en acción.

La pregunta clave es simple y difícil: ¿qué puedo hacer distinto la próxima vez?

A veces la respuesta implica hablar menos, otras, escuchar más.

A veces es decir lo que se evita, otras, dejar de decir lo que sobra.


Cambiar una conducta conocida genera incomodidad, pero no cambiarla garantiza repetición.


Del “esto es un desastre” al “esto puede servir”

Hay una imagen que me acompaña desde hace años.

Cuando algo sale mal, uno puede exclamar mentalmente un elegante “esto es un desastre”, o puede hacer un pequeño giro conceptual y pensar: “esto puede servir”.


Ambas situaciones huelen parecido, la diferencia está en el uso que se les da.


La vida profesional como la organizacional siempre proveen material.

La pregunta no es si llegará, sino qué se hará con él.


Preguntas para evaluar el estado del autoanálisis en una organización

  • ¿Se revisan los errores para aprender o solo para encontrar responsables?

  • ¿Los líderes reconocen públicamente sus propios desvíos?

  • ¿Las conversaciones difíciles se evitan o se trabajan?

  • ¿Se fomenta la reflexión posterior a los proyectos?

  • ¿El feedback es una práctica real o un concepto aspiracional?

  • ¿Las personas sienten que pueden mirarse sin miedo?


Conclusiones y llamado a la acción

La insatisfacción no es una falla del sistema, es parte del sistema.


En mi experiencia, las organizaciones que crecen no son las que evitan el error, sino las que saben procesarlo.

Y eso empieza siempre por personas dispuestas a mirarse antes de señalar.


El autoanálisis no es introspección narcisista, sino que es higiene profesional.


La invitación es simple y exigente: la próxima vez que algo no salga como se esperaba, resistir la tentación de corregir el mundo y animarse a revisar el propio impacto.


Ahí, casi siempre, empieza el verdadero cambio.


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